
Considero que he tenido unos buenos hábitos alimenticios, razón por la cual pude mantener mi peso más o menos estable, pero la falta de actividad física empieza a notarse y el paso del tiempo y la ley de la gravedad empiezan a hacer de las suyas. Es allí donde empieza a surgir ese sentimiento de culpa con nuestro propio cuerpo, sobre todo porque el destinar tiempo para cuidar nuestro físico, implica que en ocasiones sacrifiquemos el tiempo que le corresponde a nuestro rol de mamás.
En el 2009, teniendo mi hijo escasamente 1 año, fui diagnosticada de cáncer de seno, y entonces se sumó a los kilitos de más y a la celulitis ya presente, la realidad irremediable de tener que renunciar a uno de los atributos más importantes para cualquier mujer, como son nuestros senos. Ellos que se convierten en nuestros compañeros de aventuras, que conocen nuestros secretos más íntimos y que en ocasiones, como en mi caso, gozan de nombre propio.
Y sí, confieso que ha sido una de las renuncias más difíciles, pero que cuando la pones en una balanza y te das cuenta que lo que realmente tienes es una oportunidad maravillosa de seguir viviendo, porque el cáncer que te encontraron fue descubierto justo en el momento preciso, “in situ” y que no ameritaría ningún tratamiento posterior de quimioterapia, pues te dices a ti misma “¡que carajos, es solo una teta!”, vamos a hacerle la despedida que se merece y a seguir adelante», y así lo hice.





